Relatos

La ninfa

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No de todos es sabido que las ninfas viajan de lago en lago a través de la lluvia. Así llegó Híade, desnuda y acurrucada en una gota de agua, hasta el lago sin nombre, un lago solitario y desconocido, que se esconde en algún recóndito lugar del paraje montañoso de Los Alpes.

Le llamaron la atención sus profundas aguas negras, donde la vida había dejado de existir. Híade se afanó en llenarla de luz y color. De sus manos surgió la magia suficiente para crear plantas acuáticas de bellos tonos verdes y azulados, que empezaron a reflejar los destellos del sol y a oxigenar el acuífero permitiendo iluminar el fondo. El descubrimiento de un manantial en las profundidades del lago, hizo que la pequeña ninfa se regocijara victoriosa. Con sus diminutas manitas le dio tres golpecitos a la roca que obstruía el manantial y la piedra comenzó a quebrarse hasta desintegrarse por completo. Del orificio por el que se abría el manantial emanaba un agua dulce y cálida que provenía de los lugares más recónditos de la tierra, aguas calentadas por placas tectónicas rodeadas de lava candente.

La ninfa bailó al compás del chorro caliente mientras esperaba embelesada que se calentara el lago de una punta a la otra. Los días pasaron, las plantas crecieron, el agua del lago se tornó azulada y trasparente. Había llegado el momento de engendrar la vida y, con un conjuro, desplegó sus manos creando ondas de las que saltaron peces de colores.

Híade se disponía a emigrar con las siguientes lluvias torrenciales. Pero antes de que llegaran, apareció un curioso visitante. Era un joven apuesto, buen estudiante de botánica, que, nada más ver el lago, quedó completamente maravillado de su hallazgo. Se acercó a su orilla y observó los peces del fondo, ejemplares desconocidos, que no aparecían en ningún almanaque que él hubiera leído en la gran biblioteca suiza. Lo que no sabía es que justo debajo de su rostro, al otro lado del líquido elemento, estaba Híade, que, sin poder evitarlo, se zambulló en sus ojos azul cielo. Híade pudo ver en su mirada la bondad y la alegría de un alma joven y aventurera. Jamás había deseado con tanto ímpetu abrazar a otro ser. Su pequeño corazón escarlata brilló como una luciérnaga marina. Theodore quiso coger aquel espécimen luminoso y metió la mano en dirección a Híade, que le esquivó y desapareció de su vista a gran velocidad, posándose en una roca desde donde espiar al visitante sin ser percibida.

Híade era invisible al ojo humano, menos en lo que a su diminuto corazón en forma de luciérnaga correspondía. De hecho, las ninfas solo podían hacerse visibles al ojo humano una sola vez, si repetían la hazaña, sus cuerpos se transformaban en una nube de perfume y desaparecían para siempre.

Theodore se quedó toda la mañana tomando notas y, después de zamparse un bocadillo y medio botellín de cerveza, se desnudó, quedando como su madre le trajo al mundo. Las risas de Híade llegaron a sus oídos como el gorjeo de un simpático gorrión. Ella tapó su rostro delicado y sonrojado por el pudor, y se aproximó sigilosamente para observarlo de cerca y grabar en su memoria cada curva del cuerpo atlético de Theodore.

El chico metió un pie en el agua caliente, luego otro, y no tardó en sumergirse de cabeza alzando los brazos y dando un chapuzón que removió el lago creando sinuosas ondas. Híade tomó forma humana y también se metió en el agua. Nadó sin ser vista a un palmo de Theodore. Le tenía tan cerca que podía sentir sus músculos en contacto con su transparente piel de ninfa. Ambos sacaron la cabeza, estaban el uno frente al otro, pero Theodore no podía verla. Entonces, Híade presa de una locura que llaman amor, deslizó una mano en el hombro de Theodore y se hizo visible ante él.

El chico no daba crédito a lo que veían sus ojos. Una mujer de cabellos largos y ondulantes, ojos profundos e ingenuos acabados en unas largas pestañas redondeadas. Su naricilla parecía pedir un beso y se mordía el labio inferior con uno de sus afilados colmillitos. Híade entendió que Theodore sentía lo mismo que ella y se abalanzó a besarlo. Se fundieron en un largo y delicioso beso. Sus labios esponjosos se encontraron, como plumas caídas sobre el agua. Sus ojos se cerraron para sentir con mayor intensidad. Sus pieles se acariciaron por primera vez llenando sus cuerpos de escalofríos y cosquillas.

Híade se apartó poco a poco y le miró fijamente a los ojos. Cogió su mano y ambos se sumergieron en el agua. Las burbujas rodeaban sus dos cuerpos desnudos. Theodore la seguía en su juego, pero cada vez ahondaban más profundo en el lago. Híade quería mostrarle sus aposentos e iba en dirección a ese rinconcito apacible que se había acomodado en el fondo del lago, en la parte más oxigenada, luminosa y bella, desde la que se podían observar las montañas nevadas a través del velo transparente de la superficie.

De pronto, Theodore abrió la boca, no podía aguantar la respiración por más tiempo y necesitaba subir de nuevo. Cuando Híade lo comprendió, quiso ayudarlo a subir a la superficie, pero estaban tan lejos, que Thedore se desmayó antes de llegar a la meta.

Híade le dejó en la orilla e intentó reanimarlo. Cuando Theodore empezó a escupir el agua, la dulce ninfa se asustó. ¡Qué había hecho! Había estado a punto de acabar con su vida, debía desistir en sus banas ilusiones de poseerlo, habían ido demasiado lejos. Así que se sumergió en las cálidas aguas, antes de que Theodore abriera los ojos y levantara el torso del suelo de piedrecitas grises que le sostenía.

«¿Acaso ha sido una alucinación?», se dijo el muchacho.

―¿Dónde estás hada del lago? ¡Vuelve a mí!

Pero ya era demasiado tarde. Una ninfa solo puede hacerse visible al ser humano una vez en toda su vida. Triste por la imagen abrumada de su amado, Híade comenzó a llorar pequeñas lagrimitas de cristal, que salieron flotando a la superficie del lago como pequeños corchos acristalados.

Theodore pudo ver ese extraño efecto en el agua y se acercó a coger con sus propias manos las diminutas perlas flotantes. Esa noche acampó en el lago. Sin poder dormir, no hacía más que pensar en la mujer que apareció de las aguas. La buscó en cada destello de luna, en cada movimiento mecido por la brisa nocturna, en cada reflejo de las estrellas, pero no volvió a presentarse ante él. ¿Cómo podría? Si así lo hiciera, moriría irremediablemente.

Theodore, vencido por el cansancio y sin dejar de manosear las perlas que había recogido del lago, hizo su macuto y se marchó montaña abajo.

En cuanto el chico desapareció, comenzaron las primeras gotas de lluvia, que pronto traquetearon sobre el manto acuoso, retumbando y salpicando derredor. Híade podría alzarse y trasportarse a través de la lluvia a las nubes que otras veces la habían servido de navío. Pero no podía. No quería dejar el lago. ¿Y si Theodore volvía?

La primavera siguiente, se oyeron pasos acercarse. ¡Era Theodore! La ninfa fue a su encuentro y lo abrazó como lo hacen los fantasmas, cruzando sus entrañas como una niebla. Estaba loca de contenta, llevaba todo un año esperando que Theodore volviera y, por fin, lo había hecho. Sus anhelos habían dado su fruto.

A cada paso que daba el chico, Híade colmaba sus huellas de hierbabuena y hacía crecer flores blancas y rosadas, azules y amarillas, por cada rincón que Theodore tocaba. El chico sabía que la ninfa estaba cerca, ese milagro solo podía ser efecto de la alegría de volver a verle. Theodore nadó en el lago y movió suavemente sus manos bajo el agua queriendo hacer contacto con las manos de Híade, que nadaba a su alrededor y prácticamente lo abrazaba a través del manto líquido.

Ese día, Theodore dejo un presente a orillas del lago, antes de recoger sus cosas y volver a descender. Cuando se hubo ido, Híade fue volando a recoger su regalo. En una cajita de madera había un precioso collar hecho con sus propias lágrimas de cristal perlado. La felicidad que notó en su pecho lució con un rojo pasión durante toda la noche y podía verse a través del agua. Un brillo rojizo en el fondo del lago, que iluminaba en la oscuridad de la noche como un faro ante la tenebrosa inmensidad del mar.

La ninfa se prometió a sí misma que, aunque tuviera que vivir sola en el lago, ese sería su sitio, porque el humano al que amaba podría volver a aparecer. Juró esperarle por toda la eternidad y jamás dejar el lago. No fue fácil vivir sola. Los peces, las flores y los insectos no son suficiente compañía para un alma atolondrada y necesitada de afecto y conversación. Pero su amor era más grande que la soledad y el silencio. La esperanza de volverle a ver era más fuerte que la angustia de sentirse desamparada. Se entretenía con la magia de sus manos y mantenía el lago lleno de luz y color.

Pasaron varias primaveras, Híade ya había perdido la cuenta. Y finalmente, una mañana cualquiera, sonaron risas en la lejanía. Theodore no venía solo, una mujer y dos preciosos niños le acompañaban. Híade estaba tan emocionada que no reparó en que los adultos se cogían de la mano. Durante el tiempo que estuvieron conversando no entendió una palabra de lo que se dijeron, pero el beso que presenció, el momento en que los labios de Theodore rozaron cariñosamente los de esa mujer mientras los niños revoloteaban alrededor cual mariposas, ese momento se clavó en las retinas de Híade, que con el corazón roto de dolor comenzó a llorar a borbotones. De nuevo, el lago se llenó de diminutos cristales perlados. Theodore y su mujer se sumergieron en el agua, presos del enamoramiento, nadaron entre las perlitas flotantes. Híade poco podía hacer. La tristeza dio paso a la aceptación y finalmente se dijo que, si Theodore no podía verla ni amarla, ella se congratularía de verlo feliz. Así de bondadoso era el corazón de la ninfa, que dejó sobre el mantel del pic-nic, cuando nadie podía intuirlo, cuatro collares hechos con las flores más hermosas y raras de las montañas. Flores que había descubierto en sus paseos por la naturaleza en esos años de espera.

Theodore le contó a su mujer la historia del hada del lago y los cuatro miembros de la familia se colocaron los collares a modo de agradecimiento. Luego bajaron montaña abajo dejando a Híade totalmente desolada y en solitud de nuevo.

Las lluvias llegaron, pero otra vez Híade prefirió esperar, tal era el amor que albergaba por Theodore. Y sus deseos se vieron recompensados la siguiente primavera. Y así sucesivamente. Vio a Theodore envejecer, vio a sus hijos crecer, vio a la mujer de Theodore convertirse en anciana. Y cada año estuvo deleitándoles con sus regalitos primaverales y recibiendo, a cambio, presentes que le parecían del todo estrambóticos. Un sándwich de pavo, una brújula, un dibujo de alguno de los hijos de Theodore. Entre la ninfa y la familia se abrió un diálogo a través de aquellos pequeños intercambios de cosas banales. Que ambos guardaban como tesoros, como cartas jamás escritas, pero leídas con los ojos del alma.

Hasta que una primavera, Theodore subió solo. Estaba cansado, había sido un largo camino. Empezó a hablar, pero Híade seguía sin entender una palabra de aquel idioma extraño a sus oídos.

Theodore hablaba de su vida. Decía, sin ser entendido, que jamás había pasado un minuto en su larga y maravillosa vida en el que no hubiese guardado un recuerdo para ella, para Híade. Que siempre la había amado en secreto y cada vez que subía con su familia al lago de la montaña, podía de alguna manera rememorar esa experiencia única e intercambiar los presentes con ella.    

Theodore la tenía delante, pero no podía verla. De pronto, se recostó y entornó los ojos. Híade podía entender lo que ocurría. Sabía que los humanos no gozan de la vida eterna. Sin pensárselo dos veces, movida por su gran sentimiento, se hizo presente ante los ojos de Theodore y le dio tiempo a acurrucarse con él y darle un delicado beso en los labios antes de colapsar y desvanecerse, dejando el perfume más enigmático y delicioso que jamás haya existido. Theodore lo aspiró por sus fosas nasales y cerró los ojos para recibir, con la felicidad de haberla visto de nuevo, el descanso eterno.    

@elena_llorente

Autora de SOTLERA Y SATISFECHA y de UNA DE CAL Y OTRA DE KARMA. Más información en: www.elenallorente.com En este blog me gusta aportar RESEÑAS sobre todo tipo de novelas. También me interesa la INTELIGENCIA EMOCIONAL y en este blog encontrarás artículos divulgativos sobre el tema. Por último, otro de mis proyectos es el de RESUMIR EL TEMARIO DE OPOSICIONES DE LENGUA Y LITERATURA, que tengo a la venta en este blog. Temas resumidos y listos para estudiar que te ahorran tiempo y esfuerzo. Gracias por tu interés.