Relatos

Il Maro

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Dedicado a Joan lo Cabero, aquel que un día llenó la

cara de tortazos a un cura en medio de la calle,

porque le había pegado a mi madre —que

fue a casa llorando, con la nariz llena

de sangre— por haber llegado tarde

a la clase de Catecismo. En la

calle se oía decir: “Venid,

que un hombre le está

pegando a una

mujer”,

confundiendo la sotana del cura con una falda.

Lo Cabero era mi abuelo.

Agricultor de la Cava y de la Ràpita

i

—Maro será la marca de perfume con la que me lanzaré al mercado, les decía aquel día el profesor a los alumnos del curso de técnicas de venta. Y pensaba: “Compondré una canción para promocionarlo en la tele y en la radio. La titularé Il Maro y más o menos dirá:

“¿Dónde vas, sin amores?,

¿Dónde vas sin temores?

Tú que te sientes tan libre,

abraza más,

aumenta tus sentires

Ven al Maro, siente algo más,

Ven a Il Maro, comprenderás,

¡Mmmm!, ¡Mmmm!, ¡Mmmm!

¿Donde estás, sin coordenadas?,

¿Dónde estás, sin el mar? …“

Durante la clase, les explicaba cómo sería la canción-slogan:

—Le pondré acordes sencillos, aquellos que traspasan la piel y el corazón; los de siempre, los que hacen nacer la ternura, provocar la ruptura con lo normal y te elevan el alma para llenarla de calma. Ésos acordes a los que, la gente sencilla y los autores de canciones, vuelven siempre para emocionarse y para emocionarte.

—Así con la letra y la música poder hacer que el mensaje se asimile al perfume, azul, transparente, aroma recordable al mar…

Mientras decía esto, pensaba: “no es lo mismo componer las canciones en casa sólo en tu habitación que en el verano por la noche, entre lo oscuro del mar brillando por el reflejo de la luna y el resplandor de las luces de los edificios próximos”…“sentado, guitarra en mano, solitario, sobre la arena o acompañado de alguien que sólo quiere escuchar o hacerte un dúo o un coro”… “momentos en los que un acorde rasgado suena como treinta músicos. El sonido del acorde y el del silencio, para comparar. Lo relativo entre la nada del rumor de las olas del mar y las seis cuerdas sonando por el roce de la yema del dedo, suavemente, para no molestar”…

ii

El profesor de márketing, como siempre, se emocionaba cada vez que daba aquella clase en la que hablaba de los productos, de los envases, de las marcas y de las etiquetas. En su mente tenía la ilusión de crear algún día ése producto con el que triunfar en el mercado, publicitado con exactitud y bien promocionado.

Cuando no pensaba en una chocolatina, lo hacía con un aceite o con un vinagre, debido a sus aficiones gastronómicas. Pero la obsesión por el perfume… del que sabía que pertenecía a uno de los sectores industriales más prósperos, le había ido calando en épocas anteriores y tenía puesto el nombre hacía algunos años —primero pensó en Amaro y posteriormente le quitó la A.

El nombre del perfume estaba pensado ¾decía él¾ para que al pronunciarlo sonara suave, cálido, con sonido de brisa y calma. Lo más parecido al mar, a ambiente marinero, de arenas blancas, mediterráneo. El otro mar, del Norte, el Cantábrico, debe provocar otros sentimientos y placeres, pensaba él, ya que no conocía su color y que pensaba que sería más fuerte, más gris, más plúmbeo.

Ya de noche, en su apartamento de una población del interior muy grande y alejada del mar, acostado sobre el sofá, a media luz, con un chester sin filtro, el cigarrillo rubio de moda de entonces encendido entre los dedos —se notaba que fumaba con la derecha por los dos dedos que se veían tan amarillos debido a la nicotina depositada— que despedía un humo que le subía lentamente hasta la nariz con una aroma que le recordaba los veranos más jóvenes en su pueblo natal, muy marinero: San Carlos de la Ràpita, pensaba en aquellas noches con verdadera devoción y en las experiencias y sensaciones que tuvo de adolescente y que ya no han vuelto nunca más. Tampoco ahora podía.

Aún se acordaba más de su pueblo de mar cuando pegaba un trago de cubalibre de vez en cuando, tratando de encontrarse de nuevo con los momentos sentado al lado de sus amigos en aquella terraza del patio de una casa vieja arriba del pueblo ¾desde donde se divisaba completamente el puerto con las barcas amarradas y ordenadas a la orilla del muelle situado abajo¾, por la noche, escuchando un grupo de músicos que tocaban música suave, la mayoría canciones italianas.

“¡Caramba! ¾se decía, recordando, cuando soplaba un poco el viento desde la ventana que daba a la calle¾, ¡ahora parece que estoy oliendo a mar! ¡qué brisa! La recuerdo como entonces, mezclada con el aroma de un bisonte —el famoso bisonte, el otro cigarrillo rubio—, uno de los últimos del paquete de cada día. Unas veces lo compraba yo y otras mi amigo el Maestro, aquel con el que espabilé. El que me aportó muchas experiencias y seguridad para defenderme ¿Por qué no lo habré vuelto a ver? Ni uno ni otro hemos hecho nada por vernos de nuevo ¡Nos apreciábamos tanto! Todo el verano juntos. Decían de él que era un golfo, pero yo sabía que no. También era el líder del grupo de amigos y le llamaban así porque su padre era maestro de escuela. La escuela de los hijos de los pescadores del puerto —tan morenos y con las caras y las frentes tan llenas y surcadas de arrugas.”

iii

Entonces estaba recordando aquello que vivió cuando tenía quince o dieciséis años, o por ahí rondaba:

“Algunas noches tres o cuatro amigos salíamos del pueblo sobre las once, después de haber cenado y jugado algunas partidas de billar, haber tomado algún cubalibre de ron y con un bisonte encendido, charlando y rompiendo continuamente en carcajadas hacia los hoteles y cámpings cercanos, unos dos o tres kilómetros fuera de la población, hacia Vinaroz”. ”Aquella era una villa moderna, abierta y dedicada por entero al turismo ¾del que vivía todo el verano¾, fabricante de fiestas veraniegas y donde podías disfrutar de los momentos de la noche en las terrazas, en los bailes con el Delapierre y, además, en las fiestas de todos los pueblos de alrededor ¾en julio, en agosto…”

“Los domingos veraniegos con dinero fresco podíamos ir al bar, al baile para sacar a Pepa o Marie, española o francesa, y comprarnos un paquete de Chesterfieldde contrabando, ¡vaya aroma! Cada uno de nosotros era ¡un señor! Satisfechos de nosotros mismos. Algunos ahora lo estamos pagando, por el tabaco y el alcohol fumado y bebido. Es que eran demasiados tipos, calidades y cantidades de fluido alcohólico para tan poca edad.”

“Mis amigos marineros son los más tocados porque encima de todo este tabaco y alcohol filtrado en el baile y en la fiesta tenían que ir, sin acostarse a dormir, a coger la barca con su padre para lanzarse a la pesca costera a recoger de nuevo las redes —con los palangres que habían sido cargados con trozos de sepia enganchada a sus anzuelos— caladas de tarde el día anterior; otros, aquellos que iban al arrastre, iban mar adentro con barcos mucho más grandes surcando el mar en medio del Mediterráneo.

“Antes de salir del pueblo, cuando paseábamos hacia otros lugares del borde del mar, había que pasar junto al muelle, con todas las pequeñas barcas y los enormes barcos amarrados en la orilla esperando hacer latir sus motores a las cinco de la mañana pero, a ésa hora, ya era demasiado tarde para soltar amarras. Y los pescadores, para despejarse del madrugón y matar el gusanillo, dejaban atrás el puerto cogiendo con ambas manos la jarra llena de carajillo de coñac con la que se calentaban un poco ya que algunos días de verano refrescaba cuando rayaba el alba. Se adentraban en el mar, encendían su primer celta corto aspirándolo con el olor inolvidable del escape del motor —gas-oil quemado—; aquel motor se distinguía porque entre explosión y explosión pasaban casi diez segundos cuando salían del amarre a poca velocidad. Eran los barcos más marineros: los eternos llaúds, imposible volcarlos y hacerlos naufragar.

“Nuestra diversión nocturna consistía en pasear por la orilla del mar por estrechas sendas a unos metros del agua; caminábamos durante ésos pocos kilómetros y a veces más en busca de nuevos especímenes de chicas francesas, turistas ellas, que también nos esperaban para divertirnos un rato. ¡Vaya diversión! Mucho francés y mucha risa, pero ¡ni una rosca!”.

“Entonces no era como ahora o es que ahora no es como entonces, ¡yo que sé! Durante este trayecto nocturno siempre estaba a un lado el mar con su aroma marinero de mar adentro —ése mar en el que habíamos estado bañándonos durante toda la mañana, toda la tarde y ya no por la noche, aunque sí algunas veces, sobre todo los días más claros, cuando el resplandor de las estrellas era más fuerte—. El bronceado, que entonces no se estilaba tanto, era permanente durante todo el verano, con varios cambios de piel, sin bronceadores, sin aftersuns ni otros potinguis…” “Veraneábamos con la piel totalmente asilvestrada por el salitre constante que llevaba el viento, recogido puede ser de las salinas”.

“Los amigos quedábamos normalmente para tomar el baño por la tarde y recuerdo cómo fue aquel día en el que, de repente, nos vino una amiga francesa con otra japonesa. Le gustaba también la guitarra como a nosotros y sabía algunas canciones; recuerdo aquella foto que tengo junto a mi hermano Miguel —la mejor voz baja de la coral de Tavernes de la Valldigna—, sentados en la arena, él tocando la guitarra de perfil, ¡qué guapo! Y tratando de ponerle los acordes correspondientes a aquello que cantaba la de los ojos rasgados: ‘Futat su no, ojo si sama, sa yo nara, sa yo nara’ ‘Do na ni, ki lei na, so ma tén, sa ma mo’. Y sonó perfectamente cuando conseguimos ponerle el Sol, el Mi menor, terminando con La menor y el Re séptima, para volver a la segunda estrofa con los mismos acordes suaves. Sonaba bien; no sabíamos lo que significaba pero ¡era japonés! ¡del Japón!”.

“De nuevo volvíamos a casa a cenar; después comenzábamos el paseo otra vez, morenos y ennegrecidos por el verano y el salitre marino, a aspirar la brisa nocturna, cálida y húmeda de dentro del mar, que pegaba como pegamento, para refrescarnos del calor acumulado de tantos rayos ultravioleta del sol tomado durante todo el día y del sudor cogido en el local nocturno de moda sin ventilador que enfriara el aire ambiente ahumado por el humo de los caliqueños encendidos por los jugadores de burro del atardecer; humo que formaba una neblina cuando se iluminaba con la luz del ancho plafón de encima de la mesa de billar del American Bar.”

iv

“Sólo me queda el recuerdo de mis abuelos maternos —encogidos en la mesa camilla con las brasas encendidas, jugando al burro con la baraja de cartas, con todos los triunfos en la mano y el jarrón a un lado, exhalando el aroma de las flores que contenía. Tanto tiempo sin volver a mi pueblo, a mi playa tan cambiada, tan estructurada, ahora con restaurantes tan caros, sin el olor omnipresente en todo el pueblo de sepia a la plancha con ajo, perejil y vinagre. Ahora sólo huele a langostinos, gambas y alto marisco; big prices, como diría mi amigo Andy. La palaya, hecha al carbón y aliñada sólo con sal, aceite y limón, con tu cerveza, eran aromas que no he vuelto a encontrar todavía, lo mismo que el arroz que toman los marineros del pueblo con el caldo hecho con pescado aún vivo recién cogido en alta mar, cocinado en una cazuela y con el simple sofrito de unos ajos secos, aunque me han contado que en casa Agustí hacen unos fideos estil-Ràpita —tan fuertemente dorados— que si tienes problema con el aceite, te puedes chupar los dedos pero hacer una digestión muy larguita, sobre todo si los tomas con un Penedés rosado”.

“Por eso, con tanto recuerdo marinero, mezclado con cuadros verdes de marjales de campos arroz de la ribera, en pleno Deltebre, que tiran de mí alma desde pequeño y de joven, como para volver mil veces, cada una de ellas intentando la catarsis del coc, de la anguila y de la morcilla de arroz, me hacen estar obligado a fabricar, por fin, cuando me decida, ése perfume marinero”.

“Para la noche. Perfume imperecedero que una todas las fragancias de un mar también bañado por brisas de montaña, que bajan de la Foradada con olor a romero de las paellas e hinojo perfumado, y a jazmín del patio de la abuela; ya llevo así más de treinta y quince años”.

El profesor, mientras le iban y venían los pensamientos, observaba el chester cómo ya le quemaba los dedos —demasiado amarillentos por el humo constante entre el índice y el corazón. Y los recuerdos le envolvían… Pensó aún:

“Pegaré la última calada apurando la colilla

sin quemarme los labios y, de momento,

compondré una rondalla rapitenca,

como las que canta mi padrino y tío Miguel

al comienzo de las Fiestas Mayores;

canciones sin las que no pueden empezar aquellas,

con el sabor característico de bienvenida,

desafino, alegría y con-sin rima,

de verdades del pueblo,

cantos entremezclados

con el olor a pescado,

a bulla,

a barca central,

y a plaza de toros,

hecha con carros a veces desvencijados;

la red

en la puerta de las casas de los pescadores

a modo de cortina, y

la lonja del pescado…”

v

“No faltaré ni un sólo día,

un paseo por el puerto y

el ‘cincuenta y seis,

cincuenta y cinco,

cincuenta y cuatro…’

y bajando:

la subasta de la lonja,

la de los pescadores,

la de los grandes compradores

de cajas con hielo,

cubriendo al pescado

recién desembarcado,

langostinos del Delta,

caracoles con pinchos,

palayas,

salmonetes…,

riqueza española,

no de Marruecos,

ni de Terranova,

promoción turística,

barcas por y para pintar,

inefables y silenciosos pantanos,

osmotizando el agua,

cañares verdosos y sonoros,

hábitat de patos y petirrojos,

lagunas por descubrir,

e inmensa desembocadura:

Mil brazos,

mil huertos,

las marjales de los arrozales continuamente húmedas,

y los mosquitos zumbando,

la zenia y sus vasos con agujero en el culo,

la yegua que relincha con los ojos tapados,

emborrachada de tantos círculos,

y los agricultores

locos por las enfebrecidas ranas croando,

y mi tío pescando con la red

anguilas criando,

manjar japonés,

este perro mundo,

y melón de moro,

desde luego, del rojo,

chupando la arena que queda entre

el agua salada del mar

y la dulce de los arrozales que llegan hasta ella…

¡qué canto!…

¿lejano?

No:

La Ràpita o San Carlos:

Il Maro”

Firmado: Lo Cabero

(Joan Fumadó Arbó)

Juan Ramón Moscad Fumadó

Juan Ramón Moscad Fumadó es Ingeniero Técnico Industrial, Diplomado en Empresariales y licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales. Es profesor tutor en la UNED, ponente y escritor, y colaborador en varios periódicos y revistas. Puedes encontrar sus artículos en el blog "Desde Malta Encuentros". Ha escrito "Viajar es un placer, pero ¡también escalda!", "Stada nova" y ahora escribe su tercera obra literaria.