Relatos

TeLuk MaléE

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I

No estaba demasiado convencido en realizar aquel viaje pero, por razones de trabajo, tenía que hacerlo obligado por las circunstancias que le rodeaban. En su empresa, Aidonlaik era uno de los que sabía hablar y escribir francés, más o menos, y uno de los más expertos de su país en centralitas telefónicas privadas por aquellas fechas. No en balde se había formado como perito en la escuela de Valencia, llegando a ser operador de la Telefónica después de unos cursos en sistemas de conmutación —utilizados por el año setenta y dos en sus centrales¾, para ir destinado a una de las de este monopolio: la del centro del barrio de Sarriá de Barcelona, el emblema de la compañía nacional de telefonía española de aquel barrio tan culé como pajarito.

 Unos meses después cambió de empresa; se fue a Citesa, asociada a la ITT americana y a una de sus filiales españolas como la Standard Eléctrica de Madrid, donde realizó los cursos de una duración de seis meses en centralitas telefónicas privadas del sistema americano pentaconta-mil y, en España, en aquellos momentos éstas estaban en plena expansión, instalándose en bancos, hoteles, cuarteles, hospitales, etc. Años más tarde, al comienzo de los ochenta, la empresa empezó a sustituir éste tipo de centralitas hechas con relés por las electrónicas y digitales, con lo cual la reducción de espacio y de personal empezó a hacerse evidente.

Con el afán de expandirse hacia todo el mundo la política comercial de la empresa hizo que el departamento empezara a exportar a todas partes. Sudamérica y África fueron los continentes que compraron más centralitas españolas con el sello Citesa-ITT de patente americana, o sea, a la compañía internacional de telefonía española. Decenas de centralitas ya habían sido vendidas los años anteriores a importadores africanos de habla inglesa y francesa, entre ellos, de Nigeria, de Senegal, así como a los sudamericanos de Chile, Venezuela, etc.

II

Aidonlaik sabía por aquellas fechas de julio-agosto del 80 que si no realizaba el viaje de trabajo para cumplir con el contrato de apoyo técnico a la filial de la ITT del país al que iba destinado, sería puesto automáticamente de patitas en la calle por su castellano leonés jefe de personal, cosa que éste ya le había anticipado telefónicamente. Al final tenía que ir.

Ésta política de traslados y viajes, utilizada últimamente por su empresa, sin aumentos salariales, ni mejores condiciones de categoría laboral o de otro tipo, tenía como objetivo ir creando un poco de malestar entre el personal al que movía geográficamente y que, en un tiempo corto, aceptara las condiciones para ser despedido. Así, la empresa, ofreciendo un poco de dinero y el subsidio de paro, reducía la plantilla para adecuarla a las menores necesidades de mano de obra por la introducción de las innovaciones tecnológicas de semiconductores en sus nuevos sistemas telefónicos de conmutación.

Presionado a fin de cuentas y sin tener suerte en encontrar otro trabajo de momento, hizo las gestiones oportunas para poder hacer el viaje: se sacó el pasaporte, el visado, los billetes de avión, el dinero para los gastos, etc. Objetivo:

—Tienes que ir para solucionar todos los problemas técnicos que tengan en los equipos telefónicos que les hemos estado vendiendo. Las centralitas telefónicas instaladas y probadas por ellos no les van del todo bien. Tienen muchas averías. Algunas no funcionan correctamente. Otras tienen cables quemados, etc…, le instruía el creído de su jefe de Madrid sobre el trabajo que debía realizar.

—Da la impresión de que tienen colapsadas todas las instituciones más relevantes de la capital. El cuartel general donde está su máximo líder político, el general Elamo Bhetú-Ngue, tiene prácticamente incomunicadas telefónicamente todas sus dependencias, seguía explicándole su alargado jefe postventa, con ejemplos, el panorama que se iba a encontrar.

 III

Estando aún en Alicante donde ocupaba el puesto de jefe provincial y sabiendo que trabajaría en una zona totalmente subdesarrollada, había estado consultando con otros compañeros de España todas las vicisitudes por las que habían pasado en sus viajes por otros mundos, instalando y reparando centralitas telefónicas de la ITT española, en Nigeria, en Sudáfrica, en Isla de Ceilán, etc.

Claro, lo primero que tenía que hacer Aidonlaik era vacunarse con la específica para ir a los países de centro África; luego, tomar la pastilla de quinina todos los días para protegerse contra el paludismo de aquellos mosquitos del rojo y espeso Níger, robustos, fuertes, con picos como cañones, inmunizados más de cuarenta veces después de las lluvias de agua mezclada con múltiples insecticidas, provocadas artificialmente con la utilización de avionetas sobre las zonas de mayor densidad de insectos palúdicos que, con el calor, la humedad y la vegetación de cañares al borde del río, sobreviven desde siempre en su idóneo hábitat. Luego, nuevas especies inmunizadas, nuevos cambios genéticos, nuevos insecticidas y así la cadena…

A pesar de todo esto no era lo peor pues sabemos que el paludismo se cura, aunque pueda rebrotar al cabo de unos cuantos años y tener fiebres altísimas, sudores, escalofríos y dejarte con alguna secuela más. No, esto no era lo peor sino aquello que podría ocurrirte: aunque te tomaras la quinina, si te picaban, podías coger igualmente el paludismo —ya fueras con la pastilla diaria o con la dosis de una pastilla más fuerte cada seis días; la acostumbrada en aquel país, para no estar tan pendiente a diario—. No hay nada que resista al picotazo de uno de aquellos obsesivos zumbadores nocturnos. Lo que a Aidonlaik le dejaba más tocada la cabeza era el momento cuando le contaban ciertas cosas sus compañeros de la empresa:

—A Pepe el de Valencia, como también estuvo, le salen cada seis u ocho meses, unas ronchas rojas de unos cuatro centímetros por la piel de todo el cuerpo que le producen unos picores inefables que lo llevan hasta la desesperación, pues ni siquiera saben qué enfermedad es ni en el hospital Clínico de València —en su departamento de enfermedades tropicales—, ni si ha cogido alguna alergia desconocida todavía por los médicos de aquí, o ¡yo qué sé!, le decían unos.

—El compañero de la empresa, Javier, el que trabajaba en Sevilla, estuvo en el Alto Volta y también tiene una enfermedad de hígado que le llena de inquietud; no hay manera de curarlo y ¡lo trajo de allí!, le contaban otros.

—Ya sabes, tú siempre con el agua mineral y no te fíes de los cubatas. Los cubitos de hielo pueden tener en su interior alguna bacteria o ameba y cuando se te mete en el cuerpo no sabes donde irá a parar ni a qué órgano se dedicará a fastidiar.

Entre el cabreo creado en el subconsciente por no querer ir a África, el cogido por no encontrar trabajo pronto fuera de la empresa, el pensar en la comida y en la higiene del país, en las enfermedades que podría contraer, el calor del viaje a Madrid, una mala digestión por el refresco mal preparado en el avión de línea española —famosa en el mundo entero—, no saber exactamente para cuanto tiempo iba, los sólo veinte dólares de dieta diaria de la empresa —en aquella ocasión unas dos mil pelas equivalentes a 12 euros— y la enterocolitis cogida como consecuencia de todo esto, dejaban a Aidonlaik abatido en la cama del céntrico hotel madrileño, totalmente tirado en su habitación y bebiendo de dos litros de agua mineral mezclada con té y limón disueltos por recomendación del médico de guardia de un ambulatorio de la seguridad social cercano.

IV

Iba a aquella tierra con la intención de hospedarse en el mejor hotel de la capital —de cinco estrellas— ya que el delegado de la telefonía privada americana de aquel país continental le pagaba la estancia pues así se había convenido en el contrato de apoyo técnico y de este modo —cuando le explicaba en Madrid todas las condiciones del viaje de trabajo— se lo hizo saber el poca vergüenza de su jefe del servicio postventa de la filial de la ITT —international tele-phonic and telegraph—, tan necesitada de explotar el cobre chileno para fabricar conductores eléctricos y que tenia a tanta gente poderosa sobornada hasta el cuello.

Partía al día siguiente con rumbo a las Islas Canarias, aeropuerto de Las Palmas, de donde cogería el avión que lo llevaría a Dakar, haciendo escala de un día; después, desde esta capital senegalesa, despegaría con destino al país de las centralitas telefónicas con enfermedades de tipo técnico en sus componentes y en sus conexiones.

El país africano que limita con Argel —siendo estos dos países los dueños de casi todo el Sahara—, era árido y desértico en su mayor parte y uno de los más extensos de África occidental, con un calor ecuatorial de allí mismo, de los meses de julio y agosto, de un sofocón subido, envuelto en una constante y pegajosa humedad y con un sudor que le salía a Aidonlaik sin posibilidad de evaporarse. Entorno de calima provocado por las veraniegas lluvias torrenciales de sólo cinco minutos de duración sobre el primitivo Níger y sus orillas, guarida de mosquitos y vena líquida para abastecer de vida a aquel país de un rojo oscuro, marrón —el color de una tierra salvaje para ser explotados los cultivos y los minerales en su totalidad—. El chaparrón de la tarde se repetía casi todos los días.

Era la Republique du Malí —con su capital Bamako— que tenía la tierra pintada de mil colores de la gama de los marrones, de donde salían los centenares de verdes de sus plantas y frondosos árboles, los ardientes colores de sus gentes —como los de sus vestidos—, las multicolores sandalias y los tejidos decorados con los colores más puros —unidos a los niños, envolviéndolos, con los dientes tan blancos que hacían juego con su morenas caras tan sonrientes y con unos ojos tan grandes y despiertos que daban gozo— junto con tantas moscas alrededor del capazo de bananas —llevado encima de la cabeza de las mujeres— para hervir y por vender en aquel mercado —todo era mercado—, circulando entre los sastres a la puerta de su taller con su máquina de coser que te podían hacer un traje africano —una chilaba con gorro— en media hora, casi un prêt a porter, y el olor insoportable emanado del alcantarillado con las alcantarillas totalmente abiertas en medio de las calles, preparado para repararlo no se sabía cuando.

Todo esto unido era como una mezcolanza sin desclasificar que aún le está recordando a Aidonlaik aquel olor que no olvidará jamás porque siempre lo reconocería si lo dejaran con los ojos tapados con un pañuelo como el de la gallinita ciega, unos segundos en la plaza del mercado de Bamako aspirando aquel real perfume africano. Mezclado este aroma con el tormento que le esperaba en aquella ciudad hizo que cuando viniera a España él mismo se pusiera un nuevo nombre de guerra para el campo de batalla.

V

En el viaje a las Canarias conoció, sentada al lado del asiento del avión—el once ventanilla—, a una chica que también iba a Dakar para hacer escala, en busca de su hermana —una misionera radicada en el centro de Malí con la que pasar las vacaciones—. Una vez en el aeropuerto de Dakar, recogidos por el dos caballos de una monja española —de una de las diversas órdenes misioneras de la capital del país más occidental de aquel continente— y compañera de la hermana de la chica, se fueron al hotel donde bajó Aidon cargado con las maletas y se despidieron. Después la chica y la monja con la tartana de coche continuaron hacia el convento.

Aidonlaik tuvo que pernoctar tres noches en el mejor hotel de la ciudad de Dakar porque, en África, los aviones no salen cuando lo dice el billete, pues en el continente color carbón no hay prisa, nadie se da prisa, y menos en el mes del Ramadán.

Ya habían pasado tres días desde que le despidió su mujer del aeropuerto del Altet y él aún estaba sin poder moverse de la capital senegalesa. Una salida del hotel para comer al mediodía, le hizo tener una experiencia molesta, unida a la situación de su poco nivel de salud y sudando todo el día. Menos mal que el hotel internacional de five stars, de una cadena francesa, tenía el aire acondicionado rezumando humedad por el exterior de sus enfriadores y por fuera de todas sus máquinas, puestas a tope de funcionamiento.

Presionado entre tres o cuatro africanos nada más salir del hotel, con los ocho ojos blancos y rojos mirándolo, no tuvo más remedio que comprar un brazalete de oro por unas cinco mil pelas. Aquello no era oro, aunque se le pareciera. Al llegar al establecimiento hotelero de nuevo, después de comer en un restaurante francés y haciéndole una consulta al jefe de seguridad del hotel por el problema ocurrido, éste, automáticamente, hizo entrar a los vendedores autóctonos y se deshizo la compraventa. Horas más tarde, charlando con algún que otro turista europeo, se enteró que el día anterior algunos bandidos asesinos habían matado a un español, apuñalado por delante y por detrás, en no se sabía qué circunstancias. No tuvo más ganas de salir sólo del hotel entre lo enfermo que estaba, el susto de la joya y la muerte del español, no fuera que quisieran vengarse los vendedores del brazalete de oro.

Al día siguiente, se atrevió a salir del hotel acompañado de las monjas amigas, las del dos-caballos, visitando algunas iglesias y otros conventos de misioneras que, como siempre, estaban de un limpio perfecto que daba gusto. Al regresar, abrasado por el calor sofocante y con un sudor continuo, una vez sentado en las butacas de la entrada, se hizo amigo de un negro pululante por el hall que le ofreció ser guía turístico del casco de la ciudad o de su litoral atlántico de arenas doradas entre otras cosas, como la de ser acompañante de cama, pues ya estaba experimentado con todos los gustos sexuales de los turistas y los habituales transeúntes, dedicación obligada para seguir viviendo a trancas y barrancas, debido a la pérdida del trabajo en el quiosco del moderno y europeizado edificio hotelero. De todas formas, le acompañó al banco abierto por la tarde que, más que un banco, parecía un casino lúgubre, ahumado por los cigarros, con el polvo en suspensión y la calima creada con el calor y el sudor de las gentes que llenaban el establecimiento, disfrazados con levitas, barbas y bigotes —verdaderos judíos.

VI

Al llegar a Bamako, el olor de la tierra del aeropuerto era el característico del continente africano y allí le estaba esperando el serio gerente africano de la sucursal de la ITT de la capital que le transportó a un motel de una cadena del Estado situado a las afueras de la ciudad junto al río Níger. Le dijo que era el lugar de residencia acordado con la compañía española y que él, el jefe de la delegación, no podía pagar más. No podía llevarle al hotel bueno y con las condiciones que Aidonlaik quería. Tendría el desayuno, la comida y la cena incluidos gratis en el contrato con Madrid. Le pidió el pasaporte para devolvérselo pasados unos días, una vez renovado el visado para el regreso. Al día siguiente el jefe de la delegación le comunicó, con sorpresa para Aidonlaik, que tendría que quedarse en Bamako unos dos o tres meses para solucionarle todos los trabajos pendientes. Pero… “¡cojones! ¡si el acuerdo era sólo de un mes!, me había comentado el caradura de mi jefe en Madrid”, pensó interiormente Aidon, entreabriendo la boca con los dientes apretados y mirando hacia arriba con gesto descompuesto.

La pertinaz diarrea no se le había pasado y menos después de no haber dormido nada la primera noche en el motel por culpa del ruido que hacía la máquina del aire acondicionado del año del catapún, que no debía pararse ni un solo instante para que no entraran los mosquitos en la habitación. El frío lo protegería de ellos. La cama era demasiado blanda y el estado neuronal lo tenía a flor de piel. Ésta chambre a coucher estaba ubicada en la punta de una nave de cuarenta habitaciones unidas por un pasillo central. Era un corredor largo que por la noche se cubría de insectos, palomitas y otras especies voladoras de unas dimensiones realmente grandes —sin exagerar— y que, atraídas por la luz del pasillo, entraban dentro, se quedaban zumbando toda la noche para finalmente descansar muertas en tierra formando una especie de alfombra —compuesta por millares de éstas inquietas libélulas cansadas de volar horas seguidas alrededor de los plafones— que pisabas al salir de la habitación, provenientes del río nigeriano donde se alimentaban y disfrutaban por el día entre los cañares del borde del río.

Añadido a este malestar tuvo que ducharse junto con alguna salamandra de color beige—le dio asco en un primer momento— y que vivía al frescor del agua del baño: una experta en frescor, habituada a las duchas y que le ayudaba a matar los mosquitos. Por el día Aidon usaba normalmente una camisa de verano de manga larga de color marrón para no sufrir el calor provocado por los rayos del sol ecuatoriano que caían de plano y lo fundían todo. Además, las mangas bajadas le servían para evitar algún posible picotazo de los nocturnos visitantes, los camicaces transmisores del paludismo ancestral; por eso no se arremangaba nunca.

Enfrentado a todas las peripecias e inconvenientes, cada día por la tarde —ya que las tenía todas libres— acudía al europeizado médico autóctono, licenciado en la universidad de Rouen de Francia, donde había obtenido aquella titulación ganada a pulso para curar a los enfermos que recibía en su despacho, todos al mismo tiempo, sentados alrededor de su mesa, mirándose unos a otros y que hacía pasar con el orden que él quería.

—Mon cher ami, vous avez le crack. C’est normal. ¡IL est nécessaire deux mois pour s’adapter! —le decía al español Aidon con un acento francés-africano, o sea, pronunciando la erre final de cada vocablo como nosotros hacemos en España, caso de que la palabra llevara sólo una y sin dejarse ninguna letra por pronunciar.

Todos los días una medicación, pues todos los días tenía un síntoma, que se agudizaba cada vez que pensaba que aún debía estar dos o tres meses más en África, el continente maravilloso por su fiera y salvaje naturaleza y su primitivismo aún por estallar.

Para Aidonlaik todo estaba en contra, como aquello que le pasaba con el experto técnico en telefonía responsable de allí. El propietario de las centralitas tenía el mejor técnico del país, el jefe técnico de la compañía telefónica nacional de Mali, reclutado y contratado por el dueño de la ITT de allí y con quien Aidon se reunía todas las mañanas para ir a reparar centralitas. Siempre venía a buscarle a las nueve de la mañana y, a las dos de la tarde —ya que por el Ramadán no se debía trabajar más—, lo devolvía al motel con su furgoneta y con la promesa de recogerle de nuevo por la tarde para realizar visitas turísticas, cosa que no hizo nunca.

VII

De esta forma, el técnico español en telefonía privada, hacía footing —poco, por el calor—, leía libros, se hacía amigo de todos los jovencitos de color que buscaban trabajo por allí y de los recepcionistas la mar de amables. Uno de ellos lo veía tan aburrido que en cierto momento tomó la decisión de ofrecerle toda su amistad, de agasajarle y de darle un poco de cariño para que esbozara una sonrisa —Aidon estaba quedándose en los huesos—. Le trajo al motel, una calurosa tarde de domingo, dos negritas de unos dieciséis años —que parecían dos jóvenes diosas de la Grecia africana; féminas amigas suyas sin ninguna arruga bajo las nalgas—, para que pasara la tarde con ellas, en su habitación o disfrutarlas como quisiera. ¡Aquello sí que era un amigo! Y después, todo lo que ocurrió fue que dieron un largo paseo las niñas y Aidon bordeando las dos márgenes del río Níger por los alrededores del motel y finalmente la desilusión del boquiabierto recepcionista.

A pesar de todo, lo más enojoso que le ocurrió y que recuerda con más angustia fue aquello que le pasó el día que, al intentar recuperar el pasaporte, le dijeron que el jefe de la empresa para la que colaboraba como técnico se encontraba a setecientos kilómetros en el interior del desierto en dirección a Argel, para asistir a los funerales de su madre que había muerto y las exequias —por la defunción— iban a durar un mes y pico y el mariquita de él ¡se había llevado el pasaporte! Aidon no podría salir del país por mucho tiempo. Se hundía moralmente aún más.

Su cabeza estaba ya tan caliente por la acumulación de aquellas cosas que empezó a trabajar deprisa. Se apresuraba en solucionar los problemas que surgían en cada centralita. Cada avería de cada una de las más dañadas la reparaba con una velocidad desbocada hasta tal punto que se puso el objetivo de correr tanto como pudiera para, nada más terminar con parte del trabajo, volver a España como fuera. Su mente desembocó en un frenesí que le hacía funcionar con una prontitud vertiginosa, como si de la finalización de su trabajo dependiera su vida. Parecía que había entrado en una ciega pesadilla.

Uno de los muchos hermanos del cabeza de familia que mandaba más en la empresa de centralitas de Bamako lo visitó una tarde. Dependía económicamente de su hermano mayor, que hacía de padre de todos y jefe de toda la empresa pero, se había ido lejos y el pequeño chaval de unos treinta y cinco años, necesitaba dinero para dos paquetes de rubio y para las entradas del cine y la discoteca. Así le salía gratis al hermano mayor y a él. Aidon era su padre en aquellos momentos. Tenía que darle el dinero y se lo dio. Otra tarde él mismo se invitaba e iba de nuevo para beber cerveza gratis y contarle lo que hacía en el trabajo: pues ¡de conductor!, transportando con una furgoneta centralitas hasta los clientes de la empresa de su hermano pero el taponcito del negrito tenía una ilusión. Su logro sería el día que se cumpliera aquello que de pequeño quería ser de mayor: taxista. Sí pero ¿dónde?. Lo tenía claro: en Madrid, y ¡caramba!, él, Aidon, también quería irse a Madrid; “¡ojalá! que pudiera irme muy pronto” —pensó en aquellos momentos sin apartar sus ojos del transportista de centralitas y con una mirada turbia de tan flojo como estaba—. E hizo la estrategia final.

VIII

Tuvo finalmente que dirigirse al consulado español y gestionar un visado para un sólo viaje y para una sola vez. Declarar que había extraviado el pasaporte. Un embuste al cónsul que le prestó la mínima cooperación. Pensó en terminar el trabajo en un mes y regresar a su casa, a su tierra, con su mujer, recibir cariño, descansar, curarse, recuperarse y desacojonarse. Contar a la empresa que había terminado todo lo pendiente. Atrás dejaba a todos los amigos africanos que conoció: amables, sólo almas vivientes, humanos, ¡demasiado!, y que todos parecían llamarse como el hermano que quería ser taxista: Teluk Malée Ama-butu. Hizo una promesa: escribir una canción dedicada a África, con quince versos que lo sintetizarían todo.

A las pocas semanas se le ofrecía, desde el departamento de personal de su empresa casi americana, millón y medio de pesetas, la calle y el paro. Desde entonces se puso un nuevo nombre de guerra: Aidonlaik Tugou Tuafrika. Hoy en día cuando se lo cuenta a su hija lo recuerda todo como si hubiera sido un espejismo.

Fimado: Yogurtu

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…tiene que producirse un mandato de las Naciones Unidas para gobernar a los países que ni se gobiernan ni son capaces de gobernarse…

…los países pobres del Sur, se han encontrado solos para abordar el trabajo exigente de nuestros tiempos:

Construir gobiernos democráticos eficientes, eficaces, no-corruptos y estables, base esencial del desarrollo económico y de la satisfacción humana…

(John Kenneth Galbraith,

 AJOBLANCO / MARZO ’95)

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Juan Ramón Moscad Fumadó

Juan Ramón Moscad Fumadó es Ingeniero Técnico Industrial, Diplomado en Empresariales y licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales. Es profesor tutor en la UNED, ponente y escritor, y colaborador en varios periódicos y revistas. Puedes encontrar sus artículos en el blog "Desde Malta Encuentros". Ha escrito "Viajar es un placer, pero ¡también escalda!", "Stada nova" y ahora escribe su tercera obra literaria.