Relatos

El Tercer Maletín

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Iñaki tecleaba con verdadera fruición las teclas del ordenador comprado un año antes. Con el ratón apuntaba con su flecha hacia el icono que pinchar y con el que podía introducirse en Internet. Su netscape era lo mejor del momento para el acceso a la red. Era uno de los softwares más utilizados para conectarse con el ordenador.

Tenía prisa, ¡mucha prisa! Se apresuraba porque le había salido el trabajo de su vida. Con el dinero ganado podría jubilarse y vivir siempre como un pachá. Colocada esta palabra árabe detrás de su nombre, al igual que el general Osmán pachá, sería el señor Iñaki pachá. Eso pensaba él y era cierto pues, ¡con tantos millones! ¡Ojalá que lo consiguiera!

Una vez dentro de la red de Internet a la que estaba abonado a través de un servidor que, a pesar de la propaganda iba muy lento y además su ordenador se había quedado anticuado en tan poco tiempo que también le demoraba el trabajo, buscó a través de su código de usuario la página dónde venía el resumen de las empresas comerciales tanto del país como extranjeras. “El apartado de…, organismos de defensa…, dentro de extranjero…”, se decía en voz baja el cada vez más agitado Iñaki.

Tenía que encontrar en esta ocasión aquella página web con el navegador que tenía para la red de redes; el escaparate utilizado por la empresa de la que ahora necesitaba su catálogo de referencias y precios con urgencia y que ponía: http://www.afrik./argel/ army.org/”. Era la página web que mostraba el catálogo electrónico de armas de vendedores argelinos a través de Internet. Un amigo de siempre perteneciente a su grupo de relación le dejó esta dirección, sacada de no se sabía qué e-mail recibido y guardada hacía unos años por si la necesitaba. Y tenía que darse prisa para encontrarla pronto.

Su gran experiencia como internauta y su insatisfecha afición por la búsqueda de otras páginas como las de bricolaje de ciencia y armamento, donde venían suficientes fórmulas para montar cualquier bomba, cóctel o cualquier tipo de cartucho para distintas escopetas de caza y las otras que no lo eran, le hacía comprobar lo lenta que iba la red en aquel momento del día, en el que tanta necesidad tenía de una conexión urgente. Estaba poniéndose muy nervioso. Los ciberagentes de la policía, muy formados con cursos en técnicas informáticas avanzadas, se estaban convirtiendo en verdaderos hackers —los piratas emergentes del ciberespacio y de las redes informáticas—, intentando traspasar las barreras de protección digital —firewall—para intentar cazar todo el contrabando cibernético y esto era peligroso para nuestro navegante que compraba con su ordenata. Estas barreras cortafuegos eran con lo que se protegían todos los comerciantes de Internet que trabajaban al margen del comercio normal.

2

Iñaki era relativamente joven, de unos treinta y un años, con aficiones como las de cualquier persona de su edad aunque, de más pequeño, había tenido una tendencia por el integrismo vasco y posteriormente había estado en algún grupo radical con tendencias neonazis. Nunca fue fichado por la policía vasca. Así y todo, a punto estuvo en aquella redada de noviembre del 90 realizada en el café-bar de su amigo abertzale Josu, que le ayudó a salir por la medio trampeada puerta lateral del mismo, comunicada con su casa y donde se puso a salvo de la Ertzaintza.

La redada del 90 fue posible por un chivatazo de un joven que se la tenía jurada al propietario desde que supo que la muerte de un amigo suyo, por sobredosis, fue por una papelina comprada en su bar, de una pureza que rayaba el cien por cien, prácticamente sin ser tratada para comerciarla a menores dosis. Por allí nadie de la sociedad formal aceptaba que en el bar y en aquel territorio del norte se vendiera tanta droga como comentaban ciertos círculos. Eso sólo lo sabían los camellos vendedores de papelinas de droga dura como la cocaína, el último peldaño del canal de distribución del polvo obtenido de la transformación de la pasta de coc

Alguien allegado a los círculos de bandas activistas, arrepentido de sus acciones anteriores en pos del ideal vasco —como era el lograr mediante la acción política y violenta los puntos fundamentales de la alternativa KAS, koordinadora abertzale socialista, que pretendía la amnistía total e incondicional, la salida de las fuerzas armadas españolas de Euskalherria y la autodeterminación del país vasco—, lo había comentado y manifestado a diferentes periodistas e investigadores del terrorismo y del narcotráfico: “cuando estás comprándoles armas, estás obligado a comprar también, junto con las cincuenta pistolas del nueve largo de cañones recortados, uno o dos kilos de droga”. O sea que los metidos en el negocio de las armas estaban también dentro del mundo del contrabando de droga y utilizaban este sistema para blanquear todo el dinero invertido. Esta también era la conclusión de un catedrático e investigador de aquella universidad vasca, sacada del artículo de un periódico vasco.

Días antes, Iñaki había mantenido una conversación con una persona que le había ofrecido un trabajo de lujo. Él fue el elegido. Esta oportunidad le obligaba a una gestión rápida en Internet.

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Bidones de acero inoxidable para contener residuos eran fabricados en una empresa de la población vasca más próxima, a unos cincuenta kilómetros de donde estaba Iñaki. La empresa se ubicó cerca de los casi desmantelados altos hornos para tener la materia prima, el acero inoxidable en láminas, una vez sufrido el proceso de añadir los componentes al acero al carbono para tener su composición y acabado final.

Con la afición surgida en todo el mundo por la ecología, el envasado de los residuos tóxicos y peligrosos era de obligado cumplimiento en toda la Unión Europea en los últimos años bajo fuertes penalizaciones y la Bidinox S.A. aprovechando la coyuntura de exportaciones in crescendo tenía unos beneficios que crecían año tras año, contabilizados en los balances y memorias de la empresa y presentados a sus influyentes accionistas en cada período contable.

La expansión de la empresa y los acuerdos firmados con otras sociedades anónimas de reciclado de residuos de todo tipo y otras con grandes desarrollos en infraestructuras de tecnología punta en el campo de la energía, hacía que los intercambios de acciones entre las entidades con acuerdos comerciales fueran una realidad y un hecho para, así, asegurar el buen funcionamiento de todas las joint-ventures hechas generalmente de manera temporal: eran dos o más empresas que unían sus capacidades para afrontar un proyecto de construcción, investigación, comercio exterior, etc.

Estos conciertos terminaban en oligopolios bien montados para competir con las multinacionales del sector.

El mundo de la publicidad, unido al del marketing, había experimentado un fuerte desarrollo, al cual iban sumándose muchas empresas. Este mundo y el de las relaciones públicas, con el objetivo de que los clientes tuviesen una buena imagen de la empresa, hacía que los mismos se mantuviesen fieles a la marca. La gestión de la producción global, relaciones comerciales y la imagen corporativa de la Bidinox —intentando identificarla con el logotipo de la entidad— las soportaba directamente el no conocido a nivel nacional pero sí en las instituciones vascas empresariales D. José María Basagoítia, de 57 años, el primer gestor de Bidinox S. A., el cual vivía con la fama de mover importantes paquetes financieros en la Bolsa bilbaína.

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La primera bomba recibida en toda su vida fue el secuestro de su hija Teresa —economista y experta en relaciones internacionales— que estaba a punto de ingresar en el holding financiero de los círculos empresariales de la Bidinox. La única gran preocupación aún no asumida y tampoco comprendida por él ni por su preocupada familia ¿Quién entendía los interrogantes y los porques del secuestro? ¡Si ellos no tenían ni para reunir cincuenta millones de patrimonio! También era difícil llevar el tema con la máxima discreción, como la comunicación con la policía que daban conclusiones algunas veces divergentes entre la nacional y la autónoma o no del todo coincidentes unas con otras, cosa que le estaba causando demasiados problemas y exagerada presión acumulada: un problema sin ninguna solución. Una situación tan angustiosa que le oprimía el pecho y el corazón. Ahora siempre le escocían los ojos de tanto llorar cuando se quedaba solo en su casa aislado en su despacho. Había adelgazado ya siete kilos, demasiados, pues hacía muy poco tiempo que había ocurrido el secuestro; tan sólo diez días desde que desapareció su hija.

En los primeros momentos ya se confirmó la autoría del rapto junto a las exigencias para la posible devolución de la chica. La petición formal de mil millones por el rescate de Teresa, exigidos desde aquella organización activista, debía ser contestada y entregado el dinero con una serie de condiciones y hacían que José María Basagoitia ya estuviera haciendo gestiones para ver cómo se habían pagado aquellos otros rescates recientes, no tan altos en la cantidad exigida como la de ahora. La policía, en principio, le dijo que tuviera un poco de paciencia y que “ya se están haciendo trabajos en la calle con un despliegue de más de trescientas personas en todo el país vasco”…, “espere un poco más…”

Con su mente incansable seguía dándole muchas vueltas a las averiguaciones, sin haber recibido ninguna información demostrativa del estado de su hija, y con un peligro: querían el dinero en un mes de plazo. Ni un día más. Depositado en un país a elegir entre tres: Jamaica, Chile o Santo Domingo —de donde habían sido extraditados en agosto último tres terroristas vascos clásicos. Ya se sabía con anterioridad que en abril del 89 el gobierno argelino expulsó de su territorio a seis miembros de la banda asesina que habían participado en unas fracasadas conversaciones con representantes del gobierno español en este país africano. Los terroristas fueron deportados posteriormente en un avión de las fuerzas aéreas españolas a Santo Domingo.

El tema del secuestro no parecía que era político; parecía que se hacía sólo con la intención de financiarse la banda aunque posiblemente lo hicieran algunos pertenecientes a la misma organización con intentos de independizarse o escindirse con ningún objetivo de independentismo político autonómico o de ayuda para los correligionarios.

No todos los grupos políticos apoyaron la impresionante manifa, aquella manifestación hecha para demostrar que se estaba contra el secuestro y para pedir su libertad, lo cual no se comprendía muy bien. Tampoco aquellos políticos daban explicaciones claras del porqué y no se aceptaba con un razonamiento normal. Estaban en contra de hacer manifestaciones pero no por las mismas razones que el resto de los partidos. El diálogo con los otros grupos políticos no era participativo ni consensuado.

—José-María, ¡ánimo! Estamos detrás de una pista. Esperamos una solución muy pronto. Aún quedan quince días de plazo. Sin embargo, el dinero es un problema. Demasiado dinero y sin seguridad que podamos cogerles pero, “…sea paciente…” —le decía el inspector jefe de la policía especial antiactivista, desplazado al norte del país, desde la sede central de la policía nacional de Madrid.

Josema sí se preguntaba constantemente cómo encontrar alguna solución, porque sabía que la cosa iba en serio, pues tenía claros ejemplos ocurridos con anterioridad. Recientemente, había visto la película Rescate en la que el padre a quien le habían secuestrado el hijo no da el dinero al secuestrador sino que decide dárselo, en recompensa, como si fuese “se busca a…”, al que le traiga al secuestrador, con lo que fuerza al chantajista a devolver al hijo para obtener el dinero, en una maniobra que pareciera que descubre a los que tienen al niño, pero sufre un acoso brutal hasta el desenlace por parte de sus compinches. Ahora Josema estaba mucho más sensibilizado de cara a tomar una solución drástica, ingenioso como en la película.

¿Porqué el gobierno no se cargaría a ésa gente como los de la banda Baader-Mainhoffer en Alemania, que se les descubrió a todos suicidados en la cárcel? Era lo que pensaba él y que había oído una y mil veces a muchos de sus conocidos. “De esta forma, sin hacer nada —continuaba dando vueltas a la idea—, seguiremos vendidos porque, como decía recientemente un concejal pamplonica que recibió amenazas de una banda terrorista vasca, cualquiera es objetivo de la famosa organización activista”.

Su hermano, también con un alto grado de desesperación, le llamó una tarde y le dijo que fuera a verle a su casa, pues estarían solos, ya que quería hablarle de una posible solución al secuestro, que le vino como una corazonada, a su modo de ver bastante normal, pero la decisión debía ser tajante.

—Chema, ven esta tarde, he estado reflexionando sobre el caso; creo que podemos avanzar en la solución pero no comentes nada de esto a nadie, ni a tu esposa ni a la policía —le dijo convencido.

Ya en casa de Mikel, el hermano de José María, una vez a solas, éste le dijo: “mira, no tenemos otra solución que utilizar las mismas armas con ellos. Secuestro por secuestro. No hay que decir nada a nadie, ni a nuestros familiares. La policía no te lo permitiría y todo se iría al traste” —le repetía en casa aquello que le dijo por teléfono. “Hay que secuestrar al hijo de algún número uno de los políticos que están a favor de los activistas, a un descendiente del cabeza visible del partido que está en su entorno, de ésos que más mandan y más salen de portavoces. A cualquiera de sus hijos, ¿comprendes? ¡A ver cómo reaccionan cuando les secuestremos a alguno de sus hijos!

—Sí, pero… ¿cómo lo hacemos?, preguntaba el atarantado y turbado Chema.

—Yo te propongo lo siguiente: necesitamos bastante dinero; vamos al banco, pedimos un préstamo y ofrecemos como aval tu casa, tus acciones, las joyas de tu mujer, los dos cuadros del salón y yo pongo mi patrimonio. En total nos pueden dar unos ciento cincuenta millones o doscientos, creo yo, le explicó Mikel.

—Y luego ¿qué?, le preguntó a Mikel el no demasiado convencido Josemari, cada vez más desanimado.

—Hay que buscar a alguien que sepa cómo se mueve ésa organización, alguien que esté un poco en contacto con ellos pero en su contra, que se relacione con ellos y que sepa por dónde suelen andar los hijos de ésos políticos. Luego hay que ofrecerle los ciento cincuenta kilos para que secuestre al hijo mayor, de ése que es uno de los más duros ahora en el partido, el de la perilla, o el otro del bigote y la barba. O a alguien con más poder y que aparece menos en los medios que nosotros sabemos quiénes son o a los que él conozca.

—¿Y cuando lo tenga secuestrado?, preguntaba Chema siguiendo los argumentos casi sin poder tragar la poca saliva que le quedaba.

—Entonces lo tiene que tratar muy bien. Tendrá que buscar un lugar adecuado. Un buen chalet. Buen clima y en la montaña. Un lugar con ambiente, un lugar frecuentado, no aislado. Nos comunicará la realización del contrasecuestro y le entregaremos el dinero cuando esté hecho y en el lugar que acordemos.

La seguridad de una respuesta inmediata por parte de los políticos amigos de los secuestradores de Teresa, era obvia para Mikel. Los dos hermanos habrían utilizado las mismas armas, las mismas exigencias, el mismo asesinato en caso de…, el mismo sufrimiento familiar y las mismas reacciones y motivos para lo que fuera. Unos padres y hermanos sufriendo también por el contrasecuestro de un hijo suyo. Inimaginable. Este político del entorno habría de utilizar toda su influencia en el área donde tuviera autoridad para volver a poner el resultado del enfrentamiento en cero a cero, y no uno a uno como pretendían los desasosegados hermanos; pero el político podría no tener el poder que se presumía. Entonces, habría que secuestrar no a uno, sino a dos hijos de familias distintas del mismo color político, o a tres, para presionar muchísimo más la devolución de la chica.

5

Iñaki, aún puesto frente al ordenador y a punto de entrar en Internet, sudaba mucho. Ya había aceptado la oferta a través de una intermediaria entre él y Mikel. La reacción de los Basagoitia ya funcionaba y ciento cincuenta millones de préstamo, avalados con sus propiedades y un poco por la ayuda del director amigo de la banca BPVF, el Banco País Vasco Financiero, estaban siendo tramitados en la entidad bancaria, para ser entregados a su contratado contrasecuestrador, el apocalíptico Iñaki.

Éste tendría el primer maletín con el dinero en dos días, el tiempo necesario y el plazo mínimo que les había dado el director del banco PVF. Para ello, para realizar el secuestro, tenía que pedir a la organización argelina AfArAr —Afrik-Argel-Army—, las armas y explosivos que necesitaba. Urgentemente. Por Internet. Pistolas, munición y algún fusil de cañones recortados y otro de gran precisión. En este caso, los cócteles fabricados con el autoaprendizaje utilizando las ciber recetas no eran necesarios. La forma de obtener el pequeño material bélico era sencilla y utilizada por los narco-arma-traficantes argelinos en todo el mundo. Ningún control comercial en la red cibernética, ninguna barrera en el espacial mercado libre de armas y droga. Toda una simple cuestión de orden y estrategia.

La norargelina AfArAr de venta de artefactos para matar le contestó finalmente:

“…le enviaremos un contacto a la disco Pumpaneckle, en el lado Oeste de la ría…”,

“…A su llegada pida un cubata de ginebra francesa Isla de Mahón. Después, espere cinco minutos…”

Aquella discoteca llevaba el nombre apropiado, por el color de la noche igual al del famoso pan especial, cortado normalmente en lonchas —de color negro-moreno, envasado en papel transparente, importado de Alemania—. La ría, aquella hondonada de agua contaminada, estaba en vías de finalizar el gran proyecto gestado por la mayor asociación de la urbe bilbaína, la asociación Bilbao Metrópoli 30, con la finalidad de emprender acciones de formación y estudio encaminadas hacia la revitalización del Bilbao metropolitano —para hacer desaparecer todos los ladronzuelos y carteristas, además de algún vertedero de basura y poder acondicionar y tratar el agua de todas las alcantarillas con los embornales vertiendo a la ría continuamente—; los bilbaínos más arraigados utilizaban la genuina palabra vasca de Bilbo para su contaminada ciudad.

Y continuaba el comunicado de respuesta:

“Después tiene que permanecer en la tercera banqueta de la oscura barra, durante quince minutos…”

“Apurar el vaso largo…”

“Salir hacia al aseo y volver en cinco minutos…”

“Leer el mensaje de la última servilleta más a mano…”.

Al leer lo que se había escrito con rotulador en la servilleta, el astuto Iñaki tuvo que salir hacia el Seven-Seven, el bar de maricas y follardicas más famoso de la ciudad —donde se apretaban y se abrazaban los más enamorados y donde se ponían calientes—. Los vendedores argelinos querían dos contactos más, para seguir observándolo. En las comisarías del ennegrecido por el humo y deteriorado Bilbo, envuelto con el putrefacto olor a azufre que exhalaban las restantes fábricas de la revolución industrial, la policía tenía fichados más de quinientos mariquitas y gays de oscuro y desconocido origen, drogatas de hachís y coca. La mayoría de ellos habían estado presos en las cárceles españolas varias veces, cogidos en batidas nocturnas y en fiestas dadas por algunos magnates, propietarios de grandes e importantes yates —con las cuerdas del amarre tirantes por la fuerza del viento que los arrastraba— situados en la bahía, muchos de ellos de nacionalidad extranjera, con matrículas desconocidas dibujadas en la parte alta del casco y cerca de sus tajamares —y que debían tener un almirante al frente de cada uno de ellos.

Al final, las cinco de la madrugada, cambiaron las armas y el dinero. Junto a las armas, el amigo Iñaki tenía que comprar ¡sorpresa!, por diez kilos más, un poquito de droga. De pura droga, para poder multiplicarla por diez, por veinte. Compra obligatoria para conseguirlas; eso era ahora la moda. Lo obligaban a comprar dos artículos para conseguir lo deseado. Le metieron gato y liebre. Esto lo hirió un poco pero pensó que con la droga podría sacar un valor de cien o doscientos millones de la devaluada moneda española y esto lo calmó.

El contrasecuestro lo realizó a los tres días. Iñaki cogió a los dos jóvenes que pretendía Mikel, a ambos adolescentes en la misma noche y en el bar de copas El Chiquito’s Night, el rey del kalimocho, la última derivación americana del vaso de vino hacia el combinado de bebida hecha de vino tinto con cocacola, el mejor mixing español-americano del momento. Este bar de copas también llevaba el sello y el emblema de la ciudad de ser el dueño del intercambio del hachís, con un sonido constante y total de heavy-metal todas las noches —produciendo una algazara subterránea que no disminuía hasta el alba.

Las puntas de los cañones de ambas pistolas —sujetas con las manos por los contrasecuestradores con las miradas turbias a causa del nerviosismo— presionaban las sienes de ambos secuestrados. Después, el amigo que acompañaba a Iñaki, con un nivel de estrés acojonante, marcó un número de teléfono e hizo hablar —desde una extensión telefónica de un almacén lleno de trastos y para demostrar que la acción se había llevado a cabo— a ambos secuestrados directamente con el inseparable móvil de Miguel, esperando sin haber conciliado el sueño de tan nervioso como estaba —pero sí un poco adormecido y desgalichado por las horas que eran—. Un poco más tarde el futuro pachá vasco recibe la segunda entrega de dinero prometida: la segunda tercera parte de todo el dinero gestionado en el banco del país vasco por los Basagoitia. En éstos momentos ya no tenían nada; solo el resto de los ciento cincuenta millones. Todo su patrimonio estaba hipotecado por el préstamo.

Una vez que los dos atemorizados hijos del entorno abertzale fueron capturados sin ningún miramiento por Iñaki y el endemoniado amigo de aventuras —un borroka arrepentido— y luchador contra los beltzas —miembros de la brigada móvil de la Ertzaintza con un aspecto enfermizo y una increíble mala leche por la cantidad de monos acumulados que tenia de vez en cuando y a veces casi continuos, los trasladaron a un piso con muy buenas vistas de la bahía y, por el sin sentido con el que actuaban, era un lugar contrario a la idea inicial que había programado Mikel. Encerrados los dos chicos en una habitación cada uno y atadas las manos con fuertes cuerdas —uno de ellos pataleaba tanto que tuvieron que hacerle un nudo también en los tobillos— quedaron a la espera de que sus padres utilizaran con diligencia su poder político para la liberación rápida de Tere y, a continuación, la de ellos, sus hijos.

6

Posteriormente, una carta con un comunicado escueto era mandada por los Basagoitia al periódico de turno más influyente y a dos cadenas de radio, una nacional y otra vasca, en la cual se manifestaba lo que les podría pasar a los dos hijos de los políticos del entorno de la organización activista en caso de no devolver sana y salva a Teresa, la sangre más querida en ésos momentos de José María, el gerente de los bidones de acero más famoso de aquellas fechas.

“Siempre queda la duda de si Iñaki les matará en caso de que nosotros le demos la orden, cuando los activistas ejecuten el asesinato, al no pagarles nosotros la cantidad exigida para el rescate”, se decían los dos hermanos Basagoitia por la cabronada, urdidores del contrasecuestro y que no renunciaban ni un pelo a conseguir el objetivo perseguido.

Mikel y José María están hoy a la espera del resultado de su estrategia basada en el contrachantaje a los delincuentes raptores y esperaban que no se frustrara. Del urdido y realizado contrasecuestro de los otros dos hijos encerrados en la bahía ya habían pasado cinco días. De momento, la familia aún no tenía noticias positivas ni esperanzadoras pero sí cada vez más pesadumbre por la duda de cómo se encontraría Teresa.

La policía les había retirado la ayuda y la protección; los secuestradores de su hija, en cambio, sí que habían mandado de nuevo el ultimátum.

Quedaban diez días para el momento final, que podían prolongarse como si fueran un año entero, y las gargantas dejaban poco paso para tragar la poca saliva que le quedaba a la familia.

La sequedad de boca estaba comenzando a ser la enfermedad de muchos otros españoles.

Nadie quería, ni tampoco tenía agallas, para seguir teniendo paciencia.

Seguramente, los padres de los contrasecuestrados no tenían, en este caso, influencia para parar el secuestro. No había motivos políticos. Sólo importaba el dinero en esta situación y la cercanía de que ocurriera lo no deseado, el gran daño que podrían causarle a José María para el resto de su vida, se había hecho mucho más real.

Todos estaban esperando a que …

Firmado: Kalimocho

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P    —Pero, ¿por qué persiste el odio al rival ideológico después de conocerle y se le sigue negando como ser humano?

R   —Porque estás trabajando con una imagen inducida. En la relación puede haber un odio espontáneo hacia otro, porque nos frustra, pero también cabe asumir odios inducidos: a los cartagineses se les inducía a jurar odio eterno a los romanos. Por eso, cuando uno necesita incorporarse a un grupo, lo mejor es asumir los odios del grupo.

     —¿Tú te imaginas que en un grupo de etarras uno dijera: “No, en la guardia Civil habrá de todo”? Pues sería suficiente para expulsarle del grupo. Por eso, ¿qué otra manera de asumir el bautizo en el odio que lo que hacenlos cachorros de ETA?

(Carlos Castilla del Pino. Psiquiatra. EL PAÍS, 20.7-97)

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Juan Ramón Moscad Fumadó

Juan Ramón Moscad Fumadó es Ingeniero Técnico Industrial, Diplomado en Empresariales y licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales. Es profesor tutor en la UNED, ponente y escritor, y colaborador en varios periódicos y revistas. Puedes encontrar sus artículos en el blog "Desde Malta Encuentros". Ha escrito "Viajar es un placer, pero ¡también escalda!", "Stada nova" y ahora escribe su tercera obra literaria.