Relatos

El casamiento

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Mira que el cielo es caprichoso, llevamos semanas con un calor casi de ahogo y hoy que se casa la niña llueve a cántaros. Las canaletas parecen arroyos y la fuerza de la tormenta ha arrancado la del chamizo de los puercos. La señora está que trina y ha puesto a todo el personal patas arriba. A las seis de la mañana ha trotado por las escaleras dando gritos y ha bajado a las habitaciones de los mozos para que se pusieran en faena. Ni un bocado han dado los pobres antes de salir a la intemperie, que aunque no haga frío todavía, la humedad se les cala a los zagales, menudas tiritonas daba el Manuel mientras achicaba el agua de la cuadra. Yo llevaba rato dando vueltas en la cama, y cuando la señora ha bajado como alma que lleva el diablo, estaba con las sayas y el  mandil en el cuerpo, a falta de enroscarme el moño que eso no son más que dos vueltas de muñeca y tres lañas de nada. Los he visto por el ventanuco de la cocina cuando me he puesto a mi labor. En mi cuarto no hay ventana y se agradece, ya lo dice la señora, que  no entra ni el calor ni el frío, aunque sin gusto una tenga que andar a tientas. Poco rato paso en él y poca cosa tengo que inquirir, que cuando llego por la noche las patas las tengo como los cerdos, gordas y para reventar. Menuda herencia me dejó madre, unos carriles como dedos que no sé yo si un día no se rajarán como un melón maduro. Este mes es malo, los cuerpos se desbaratan y yo que lo tengo medio descuajaringado no quiero ni pensar lo que me espera. Y luego los fríos, que cuando me pongo a frotar en el patio, en la pila de la ropa, no tengo fuerza ni para agarrar el mazacote de jabón; el agua sale como el hielo y la artrosis me tiene los dedos retorcidos como víboras, que si me picara media docena, no me dolía tanto como mis huesos enfermos.

¡Menudo barrizal se ve desde aquí!, Señor mío, deja de regar el cortijo, por mi niña Teresa, que esta tarde se nos casa y va a parecer un gorrino retozando por el cieno. ¡Ay, virgencita!, con las puntadas que ha dado la costurera, con las pesetas que se ha gastado la señora en las telas y en los encajes, que de blancos da gusto mirarlos y yo nunca había visto una finura más grande. La Josefa y la Herminia se quedarán toda la mañana en la cocina: menuda tenemos preparada para hoy. Yo me voy a escapar un rato con la niña, con lo que le gusta que le lleve el desayuno a la cama, desde chica, y cuando no tenía dientes para comer, le picaba la miga con los dedos y se la daba como a los pajarillos. Las cosas más duras se las mascaba yo, que buenas muelas tenía entonces, y ella me decía tata, y con los dedillos agarraba lo que fuera y me lo llevaba a mi boca para majarlo; pero cuando estaba la señora delante, le daba por lo bajo con la puntera del zapato y me ponía seria con ella, que si la madre ve que de mi boca le doy a la suya me echa del cortijo para siempre. Si es que a la Teresa la he criado yo, que si hubiera tenido leche de buena gana la hubiera amamantado, porque a la señora no le vino a bien estropearse el pecho, que menudo entretenimiento tenerla a brazos todo el día, y cuando yo la oía con tan poca voluntad hacia su hija, se me cuajaba la sangre de la rabia. Bien sabe Dios que si mi José no hubiera estado en el frente y me hubiera preñado, de mil amores le hubiera atetado a la Teresa. Pues con la leche de una cabra la alimenté, bien tempranito me levantaba para ordeñarla y luego a cucharaditas le iba dando, a poquitos, y aunque nació canija, a los seis meses daba envidia verla, que los tobillos y las muñecas le hacían rosca, y a brazos todo el día hasta los quince meses que echó a andar. Prisa no tuvo la niña  por soltarse. Yo le rencillaba para que espabilara, pero me decía tata y se me echaba a los brazos otra vez. Cuántas penas me quitó la Teresa, tan sola que estaba yo sin mi José. Pero con el trajín de la niña y las labores del cortijo se me pasaban los días a escape. Por las noches alguna lágrima se me salía, y entre rezos y dolores, bajo el cobijo, conseguía dormirme. La señora puso a la niña en una habitación cerca de la mía. Ella no quiso meterla en su cama y el señor no contradecía sus decisiones. Se escudaba en las cargas que arrastraba con los jornaleros y los campos y dejaba de segundas las cosas de menudeo: como para entretenerse en detalles de mujeres. Así que yo me quedaba con la pena de tan chica meterla sola en la cama y alguna noche, a escondidas, la traía a la mía y le ponía la cabecita sobre mis pechos, y la tapaba hasta arriba porque calor no pasaba, que el frío en estas tierras es de fuerza y la criatura se calentaba pegadita a mi cuerpo. La señora era de buen dormir. Cuando ella se levantaba ya tenía yo a la Teresa desayunada y correteando por la cocina mientras ponía  en carril el sustento del día.

Y ahora se nos casa. ¡Ya está bien de devaneos!, que la vejez me lleva al recuerdo y el corazón lo tengo repizcado de tanto volver atrás. Menuda mi niña, a las diez que son y aún en la cama. A ver si la espabilo con el desayuno, aunque con el tembleque de mano y las escaleras, va a llegar el tazón de la leche con más miseria que alimento.

La Teresa está llorando y la madre le sacude el cobijo para que se levante. Con el canto de la bandeja empujo la puerta y la señora dice que pase.

—¡Malditas lluvias, me tienen a la niña descompuesta! Dios quiera que pare y nos deje casarla en condiciones.

La señora se retira enredada en su impotencia, relatando, atascada en el sencillo consuelo que tenemos los pobres de que hay cosas que se escapan al parné, porque muchas pesetas tendrán, y un cortijo que no se lo recorre uno en dos días, pero hoy se moja los pies ella y el generalísimo si viniera.

¡Bendito sea Dios! la cara que tiene la Teresa. Llena de ronchones y lágrimas, que de tanto llorar se le han irritado los carrillos; si de chica también le pasaba, porque es blanca como la madre y de piel delicada y fina. A mí eso no me da, que tengo la cara curtida del sol y del frío, y las lágrimas, aunque he echado muchas, solo consiguen mojarme.

No quiero preguntar a la niña qué le pasa, porque yo sé que la lluvia no le importuna. La Teresa no quiere casarse y la madre no la escucha. Hace un año la comprometió con el hijo de un marqués extremeño. El muchacho tiene una hacienda agrícola y ganadera en Badajoz, tiene empaque y buenas palabras, pero la niña dice que es un viejo y ella no se va tan lejos de su casa. Razón no le falta, que mi Teresa acaba de cumplir los veinticuatro y el hijo del marqués va para cuarenta y tres. Yo ya no sé qué decirle, porque esto viene de largo. Con ella he pasado noches de duelo, pero la niña es terca.  Ahora me acuerdo yo de madre lo que lloró cuando me casé con José. Pobre madre la mía, que al José lo apreciaba, pero la criatura no tenía un real y sabía que trabajos y miserias era lo que me iba a llevar con ese querer.

Mi Teresa me mira con una congoja que le oprime el pecho y de vez en cuando suspira porque seguramente siente que se va a ahogar. Sabe que la quiero, como a una hija, y sabe que la he consentido a escondidas, y la he besado, y la he refugiado, porque a mí la Teresa me duele, que la quiero, ¡rediós!, que es mi niña y no hay más. Dejo la bandeja en la mesilla. Me ofrece sus brazos y me estira del cuerpo hasta que caigo en su cama. Estoy torpe. Soy un amasijo de años, aunque la señora tiene parecidos pero no tan trabajados y esas labores se notan en el porte. Que yo ando como si buscara algo en el suelo y ella va tan tiesa que un día se le vence la cabeza hacia atrás. He caído hecha un taco y a la Teresa, frente a mi torpeza, se le escapa una risita tontorrona. Me abraza. Se ha arregostado a mis arrullos, tantos le he dado…se acurruca sobre mi pecho y siento su respiración entibiar mi corazón. Por un momento pienso en la señora, si vuelve por algún menester y me encuentra tendida en la cama de su hija me espanta a varazos, pero el calor de la Teresa y sus brazos que me encierran en mi única suerte, hacen que todo me dé igual. Mi niña se  va a casar y en unas horas no la volveré a ver.

***

La tata se llama Dolores, no tiene más de cincuenta años, pero lleva desde los diecisiete trabajando en los Rosales, el cortijo de los Castillo. Allí llegó con su esposo y los dos se hartaron de trabajar. Los animales, el campo, la cocina, las labores propias de una finca que se perdía en un horizonte de verdes y cultivos, un horizonte dibujado por manos sucias y acostumbradas, por manos al relente y desafiantes a las adversidades, por manos jornaleras. Los señores eran estrictos en las formas, aunque nada roñosos con los sirvientes. La señora andaba en sus cosas, en sus preocupaciones por cubrir, guardar y salvar las apariencias. Todos los domingos acudía a la iglesia con su esposo y tras el cumplimiento cristiano que limpiaba los remordimientos de cara al resto, regresaba a casa vanagloriándose de su grandeza, reunía a las familias más renombradas de los alrededores y, en Los Rosales, ofrecía un aperitivo. Los hombres daban un bocado y se marchaban a caminar, se calzaban botas altas y se dedicaban a inspeccionar los campos evitando, así, los comentarios y comadreos remilgados y afectados de unas y otras. El salón se llenaba de fragancias que se concentraban a media altura, como si quisieran escapar de aquellos cuerpos pretenciosos y se quedaran sobre sus cabezas incapaces, ellos también, de abandonar el constreñimiento de sus dueñas. Salón de fragancias, de lacas y voces fingidas, de movimientos altivos: salón de postizos. Y entre la opresión de la distinción, como un cuchillo de pureza, andaba Dolores con sus bandejas, cortando la espesura con sus aromas a comida y jabón. Y con la mirada organizaba a una y a otra, y las mozas reponían y atendían, y luego, cuando regresaban a la cocina, Dolores volvía con las instrucciones.

La señora estaba a la última en asuntos de alta costura, hasta de París le llegaban paquetes con telas y adornos que luego lucía en las celebraciones. Llevaba dos años casada cuando Dolores llegó al cortijo, dos años ensimismada en sus obligaciones de señora fina y elegante, dos años de añadidos y artificios. Pero Dolores se sentía feliz atendiendo sus excentricidades, feliz al lado de José que trabajaba como una bestia, feliz con la esperanza de algún día, cuando Dios quisiera, parirle un hijo a su esposo. Tres veces se preñó y tres veces lo perdió. José la consolaba y por las noches, bajo las mantas, se entregaban de nuevo a la ilusión. Un domingo cada siete los señores se marchaban y ellos tenían la tarde libre. Entonces se tendían sobre la cama y José, con sus manos de esparto, le acariciaba las mejillas.  Dolores sonreía mientras se deshacía el moño porque sabía que a su esposo le gustaba tocarle el cabello, le gustaba enredarse los dedos entre la espesura de su melena negra, entre la caída de sus rizos, entre la suavidad de su larga feminidad.

— ¡Eres la más guapa, Dolores!

Dolores sonreía y José enterraba la nariz bajo su melena, y con los ojos cerrados le decía que olía a gloria y a jabón. A Dolores le daba la risa y entrelazaban sus manos de pobre, entrelazaban sus ojos puros, entrelazaban sus labios de amor.

La señora se quedó embarazada y Dolores se alegró, se alegró aunque deseara ser ella la que engendrara, se alegró porque pensaba que algún día Dios le ofrecería la misma suerte. Fue entonces cuando estalló la guerra y el cortijo se quedó sin  hombres. José se marchó al frente y Dolores lloró su ausencia. Ella cuidaba de su señora, aunque el embarazo le agrió las formas: todo el día enfadada, todo el día lamentando la pérdida de su figura, revisando la cocina y exigiendo guisos sin grasas, potajes de verduras y caldos que remataron en una niña canija que no hacía más que llorar. Teresa, la niña se llamó Teresa, y cuando la comadrona la sacó de las entrañas de su madre, Dolores la enrolló en una toquilla y la besó, y sintió que Dios había repartido, y sintió que esa niña iba a ser tan suya como de la señora. La puerta del dormitorio principal se cerró dos días completos, tan solo entró dos veces el médico y una de las mozas de la cocina a llevarle caldo de gallina. La señora durmió y ordenó que a la niña se le diera leche de cabra, con los máximos cuidados y delicadezas. Dolores se levantaba de madrugada y ordeñaba una cabrilla que eligió para la niña. Con un cazo hervía leche en la lumbre y cuando se templaba, a cucharadas, le hacía tragar a Teresa. En invierno se la llevaba a su cama y le hacía un cobijo entre la lana del colchón.  Se la acurrucaba sobre su pecho y las noches se tornaban de una dulzura especial. Tata le llamaba y ella sonreía a sus palabras desordenadas, a su boca desdentada, a sus sonrisas de tunanta.

Fue cuando la niña iba a cumplir dos años, cuando Dolores se enteró de la muerte de José. Tuvo la desgracia de no poder recoger su cuerpo, tuvo la desgracia de no poder despedirse, la inmensa desgracia de no poder dejarse acariciar, de nuevo, con sus manos de esparto, con sus manos enterradas en cualquier lugar. Sin embargo, el tiempo no se detuvo por el dolor, el tiempo corrió como es su costumbre, el tiempo arremetió contra los cuerpos, el tiempo baldó a Dolores. Caprichoso tiempo que dio calor y sofocos, y el día mismo de la boda de la niña derramó su llanto, como si el azul se llenara de ojos, como si los ojos lloraran una pena.

Ahora estaba Dolores tendida en la cama de Teresa y muchas palabras le colgaban de la boca, le colgaban y no salían porque las estiraba hacia sí el corazón. Si pudiera hablar lo que quisiera, si pudiera decirle a su niña que fuera valiente, que no se casara, que no viviera una farsa como su madre, que fuera honesta y sincera como ella misma que la crió. Si pudiera, otro gallo cantaría en aquella casa, otros colores se verían tras aquellas ventanas, otros aromas cubrirían aquellas pieles. Pero Dolores era la tata, la sirvienta y nada más. La niña silenció su desespero hundida entre los pechos de la tata, acunada entre el aroma a gloria y a jabón. Con la barbilla reclinada Dolores la besaba en la cabeza y las dos se acordaban de cada detalle de sus vidas, las dos perdían la mirada en el infinito, las dos escapaban hacia el pasado, como si lo anterior fuera riqueza y el futuro pura miseria.

Unos pasos, alguien subía por las escaleras, sí, unos pasos las arrancaron de sus viajes, alguien venía, trotando, ya estaba cerca. Ninguna quería desprenderse de la otra. ¡Teresa! Alguien gritó Teresa. Era la madre. La señora estaba llegando y ninguna quería desprenderse de la otra. ¡Teresa, ya está bien!, ¡Teresa!, gritaba. Abrió la puerta y las encontró tendidas sobre la cama. Ninguna se movió, ni la señora tampoco. Tan solo reconocieron su enojo porque una bilis carmesí le subía encolerizada por el rostro. De forma nerviosa acarició un camafeo que adornaba el final de su camisa, a la altura del cuello.

—No debí permitir jamás tanto mal gusto en mi casa, ¡levanta, sirvienta!, y deja que la señorita comience con sus obligaciones de marquesa.

En un arrebato envenenado se acercó a la cama. Ninguna había obedecido su orden. Ninguna. Estaban contaminadas de amor, del recuerdo: la memoria se convertía en fuerza, su respeto y adoración en sosiego.

Volvió a tocarse el camafeo.

—¡Levanta!

Se ahuecó el peinado.

—¡Levanta, ya, Teresa!

A estirones intentó separarla de Dolores, a estirones intentó atraer hacía ella lo que durante años no le interesó, a estirones contradijo la ley natural de la vida, a estirones no podía romper un querer como aquel.

Dolores miró a su niña con indulgencia y se fue incorporando sobre la cama. Teresa retomó el llanto y la madre le propinó una bofetada. La tata contuvo la pena y tragó, pero antes de abandonar el dormitorio pudo ver cómo Teresa caminaba arrastrando los pies, como si su cuerpo fuera cárcel y sus pies empujaran la condena.

Los Rosales se engalanaron para la ocasión. Hubo pompa y boato, hubo alegría y desconsuelo. Las costureras vistieron a la novia y un traje de sedas y encajes cayó sobre su cuerpo como un hábito, como una clausura. Iba a entregar su vida a un extraño, iba a entregar su vida como una pena impuesta. Dolores no pudo acompañar a su niña. Teresa bajó las escaleras. La gente esperaba. Teresa caminó hacia el jardín. El novio aguardaba. Teresa llegó hasta la capilla preparada para la ocasión, rodeada de flores y santos, donde un desconocido la recibía. La música comenzó a sonar de fondo y el agudo de los violines le rechinó por dentro como si aquellos instrumentos compusieran la melodía fúnebre de su despedida. Lloró, Teresa lloró y la cara se le llenó de lágrimas y ronchones. La ceremonia comenzó y la novia levantó la cabeza. Miró. Escapó de su boda y observó lo que pronto perdería. Ahora el cielo estaba raso, ahora la tierra se dibujaba infinita. A lo lejos una señora, bajo una mantilla negra, caminaba entre los campos. Luto. Cargaba una maleta y de vez en cuando se giraba hacia el cortijo. Era Dolores, aquella señora que se alejaba era su tata, aquella que huía era la primera pieza que se desplomaba dando comienzo, con su falta, a la agonía que le aguardaba. Teresa bajó la mirada y cuando el sacerdote le preguntó, inmersa en su tristeza, solo pudo decir adiós.

El casamiento—X Certamen Literario Dulce Chacón. Santa Cruz de Moya. Cuenca.

1º premio Año 2016/6

Montserrat Espinar

Monserrat es originaria de Valencia y actualmente reside en Catarroja. Hija de emigrantes andaluces, vive la escritura como una pulsión, como una necesidad de resucitar vidas, historias de mujeres que la inclemencia del tiempo pretende silenciar. La encontrarás en el blog Tintaenlasgrietas.com y en su canal de Yotutube "Montserrat Espinar Ruiz". Ha ganado una treintena de premios de relato corto, entre los que se cuentan el premio Certamen Literario Sebastiana Palacios (2015) por "La semilla de la palabra", el X Certamen Literario Dulce Chacón (2016) por "El casamiento" , XI Cartas de Amor “Ciudad de Torrelavega” (2018) por "Desde tan lejos" o XIX Paraules d´Adriana (2020) por "Amores imperfectos".