Relatos

7 minutos

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La actividad frenética del local estaba llegando a su fin. Un par de rotaciones más, y todo habría terminado. Las voces que planeaban en el aire intensificaron el tono, sabedoras del poco tiempo que quedaba. El sonido agudo de la campana propulsó a todos de sus sillas y los cuerpos se desplazaron hacia la siguiente mesa. Víctor ocupó el asiento asignado con distracción, como en las anteriores ocasiones, y no reparó inmediatamente en los ojos azules, enmarcados por unas cortas pero espesas pestañas, que le examinaban en silencio, temerosos de romper el hielo.

Cuando él levantó la mirada, notó un hormigueo en la boca del estómago. Era ella. Aquella chica menuda, de ondulada melena castaño rojiza e iris pálidos. Tenía que ser ella.

—Hola, me llamo Víctor —se presentó él procurando elevar la voz entre el murmullo general.

—Yo Fátima, encantada.

—Igualmente.

Silencio. Desperdicio de segundos preciosos. Víctor se afanó mentalmente en idear algo interesante que contar, que despertase la curiosidad de aquella mujer, pero a su boca sólo acudieron las frases típicas de una situación como aquella.

—¿A qué te dedicas?

Ella le miró dibujando una media sonrisa y tardó unos instantes en contestar.

—Trabajo en algo poco llamativo…Soy contable.

—Yo soy químico, trabajo en una farmacéutica.

—¡Ah! Y… ¿Se gana dinero siendo químico?

Víctor se echó ligeramente hacia atrás en la silla y torció el gesto, la pregunta no le había gustado lo más mínimo. Ella se percató de su disgusto.

—Perdona, estoy nerviosa, no sabía qué decir. Nunca he conocido a un químico y no se me ocurrió nada mejor, lo siento.

Víctor se relajó un poco y la disculpó asintiendo con la cabeza. Si se hubiera tratado de otra, quizás se habría marchado, pero siendo ella, quería de veras que todo fuera perfecto.

—No te preocupes, yo también estoy nervioso, ¿se gana dinero siendo contable?

Ella le miró sorprendida, pero en seguida comprendió la broma y comenzó a reír con sutileza. Su risa le encantó, era sincera, espontánea.

—Vale —dijo ella en tono amable—, comencemos de nuevo.

—Me parece bien.

—¿Te gusta tu trabajo?

—Bueno, sí me gusta, pero ya hace algún tiempo que se volvió algo mecánico. No es que me dedique a buscar la vacuna del SIDA, precisamente.

—Seguro que es mejor que pasarse el día haciendo asientos contables y revisando facturas.

—Si no te gusta tu trabajo, ¿por qué no buscas otra cosa?

—Ya no tengo edad de cambiar de profesión.

—Aún eres joven.

—Eso dice mi madre, pero las cremas antiarrugas de mi baño se empeñan en llevarme la contraria.

Víctor miró el reloj, más por un impulso que por controlar el tiempo, ya que en realidad no estaba seguro de en qué momento había comenzado su encuentro.

—¿Te aburres? —soltó ella a bocajarro al observar su gesto.

—No, no, para nada —se apresuró él a decir—. Es sólo que no quiero que…

La frase quedó en el aire, le dio miedo continuar y ella no hizo ningún esfuerzo por alentarle, se limitó a esperar a que se decidiese, con una ceja levantada.

Víctor tragó saliva, se echó hacia delante y apoyó los codos sobre la mesa, intentando aparentar una actitud decidida.

—Estaría encantado si tú… Quiero decir, me gustaría que tú y yo…

De nuevo la intención se quedó a medias, pero esta vez por el sonido de la campana, que cortó en seco sus palabras.

Ella se levantó despacio y él la imitó a regañadientes. Los ojos de ambos se siguieron mientras sus cuerpos se movían cada uno hacia su derecha, en direcciones opuestas, y ocupaban un nuevo sitio.

Víctor apenas si reparó en la persona que se sentó frente a él. Contestó cuando le preguntaron su nombre, pero apenas dijo nada más. Mientras la mujer que tenía delante martilleaba su cabeza con un monólogo interminable, él se dedicaba a mirar de reojo a Fátima, que escuchaba con expresión paciente la exposición del individuo de turno. A veces contestaba con una sonrisa, pero, aunque Víctor no podía escuchar la conversación, le dio la impresión de que ella sólo estaba siendo educada. Cuando ya estaba casi resignado a concentrarse un poco más en la conversación que le tocaba, vio cómo Fátima le miraba furtivamente. Tan sólo fue un segundo, pero fue suficiente para que él sintiera una inmensa alegría.

De nuevo sonó la campana, el acto había terminado. Sin despedirse de su interlocutora, de la que ni siquiera recordaba el nombre, levantándose se giró hacia donde creía que estaba Fátima, pero no la vio. Todos se habían puesto en pie y dificultaban su campo de visión. Docenas de cabezas saludándose, charlando. Cuerpos en movimiento, brazos y manos interminables, una amalgama de carne que le convirtió en ciego ante lo único que deseaba ver.

Se movió frenéticamente entre la gente, abriéndose paso con los codos cuando fue preciso. Desoyó las quejas de algunos, que incluso le increparon. Él sólo tenía una cosa en la cabeza, lo demás le traía sin cuidado.

Llegó a la entrada exhausto y con algo más de espacio, escrutó el local con la mirada poniéndose incluso de puntillas. Ella no estaba, se había esfumado. Próximo a la desesperación, le preguntó al portero si alguien había salido, pero él le aseguró que todos los participantes aún estaban dentro.

Víctor volvió a concentrar sus esfuerzos en el gentío, pero de nuevo se encontró con la vacua verborrea general.

Con las manos en los bolsillos, esperó unos minutos más, aunque con cada segundo que pasaba, la esperanza se difuminaba. Sintió ganas de gritar de rabia, pero contuvo las ganas, más por vergüenza que por educación. Se giró hacia la puerta evitando que nadie viera su gesto contrariado. La noche había caído y comenzaba a lloviznar. Víctor se vio reflejado en el ventanal de la entrada. Su media melena morena, algo enmarañada, y la barba de dos días, le conferían un aspecto descuidado.

—Habrá salido corriendo para no encontrarse de nuevo con esta facha —maldijo entre dientes.

—Disculpe, ¿ha dicho algo? —preguntó el portero.

Víctor negó con la cabeza, bufó para sus adentros y cabizbajo, abandonó el local, escondiendo sus expectativas frustradas entre los pliegues de su abrigo.

Siete minutos después, Fátima salió del servicio, en el que se había formado una cola interminable de chismosas que habían consumido demasiada cerveza. Miró por encima de las cabezas buscando a Víctor. Aquel chico le había gustado, no le importaría retomar la conversación que ambos habían mantenido.

La gente comenzaba a dispersarse y concentrarse en pequeños grupos o parejas. No le costó comprobar que él ya no estaba.

Fátima se encogió de hombros, algo decepcionada, habría jurado que la atracción había sido mutua, aunque no era la primera vez que confundía las señales. Emitió una disculpa educada ante dos hombres que trataban de captar su atención, y se marchó a casa.

En un lugar como aquel, no encontraría lo que buscaba.

A. G. Novak

A.G. Novak es la administradora, diseñadora y autora de los textos y relatos de la web Nobajesalsotano.com. Además de pasearse por los pasillos de esta oscura web, es escritora de novela contemporánea fantástica, aventuras, y novela negra sobrenatural, género con el que quedó como una de los finalistas del premio internacional de novela Contacto Latino, premio estadounidense de novela de habla hispana, con la novela Cielo de Sangre.